domingo, 14 de junio de 2009

Hambre que duele...

Toda necesidad que no es saciada cada cierto tiempo determinado, produce malestar en el cuerpo. Por ejemplo, todos en algún momento hemos experimentado lo que se siente cuando tenemos hambre y no nos alimentamos inmediatamente, sino que dejamos pasar unas cuántas horas...

Pues así mismo sucede con el sueño; si no dormimos lo suficiente para que el organismo recargue energías, nos comenzamos a sentir pesados y menos predispuestos para desenvolvernos en nuestras ocupaciones diarias.

Pero, ¿nos hemos dado cuenta de que la presencia de Dios es también una necesidad?, y, de hecho, la más importante...Entonces, ¿podemos realmente sentir un tipo de malestar si estamos lejos de Dios?...

Por supuesto que sí; los homicidios, la injusticia, la corrupción, las mentiras, el odio, el rencor, el maltrato al medioambiente...todo eso que llamamos maldad es realmente el síntoma de la falta de Dios en nuestro corazón.

Aquellos que hayan conocido al Espíritu Santo saben que estar lejos de él provoca un hambre que duele...Necesitamos saciar esa necesidad, y el mundo entonces tendrá esperanza de cambiar. Pero ¿cambiar qué? se preguntarán algunos...Traer paz donde hay guerra, felicidad donde hay tristeza o alegrías pasajeras, amor donde hay odio, unión donde hay señales de divorcio...El cambio es retador y amplio, pero más lo es el amor de Dios.

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